09Diciembre2018

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“DISCRIMINACIÓN, EXCLUSIÓN E INCLUSIÓN. UNA CUESTIÓN CULTURAL” Por Hugo Maldonado

 

09-Oct-18   ¿Nos hemos planteado el por qué utilizamos calificativos tales como mogó…., pu.. de mi…, invá…., sido.., gordo, negro, indio de mier…, o modismos como “torta”, “travuco”, “bagayo”, “gato”, “grasa”, “ñeri”, “rarito” para referirnos a determinadas personas?

 Aunque estas palabras no son inocentes, a veces solemos utilizarlas involuntariamente por tenerlas incorporadas en nuestro lenguaje cotidiano, como algo habitual. En otras ocasiones queremos provocar un daño en la autoestima del otro, al punto de estigmatizarlo.

En el primer caso, no nos percatamos del daño que podemos generar hacia las personas que son objeto de esos adjetivos calificativos. En el segundo caso, nuestra conducta malintencionada es moral y legalmente reprochable, contraria al principio general de no dañar (alterum non laedere), contemplado en el Artículo 19 de la CN.

Cualquiera fuese nuestro comportamiento (con o sin intención), obramos en detrimento de aquellos sujetos que no se “ajustan” a los modelos y estereotipos considerados aceptables, en la generalidad de la cultura de la “normalidad”.

Si queremos una sociedad verdaderamente democrática, donde se reconozca y respete a todos los tipos de diversidades existentes, que en su mayoría son segregadas, excluidas, por no pertenecer a aquellos prototipos, debemos comenzar a cambiar, ajustar nuestros ideales, hábitos y nuestras conductas.

En un escenario complejo e indiferente, es necesario generar y fomentar espacios donde se puedan visibilizar y poner en escena los grupos minoritarios, y protegerlos, con el fin de alcanzar en el mediano y largo plazo una sociedad más justa e inclusiva. De lo contrario, continuaremos inmersos en prejuicios, es decir, en tener una opinión previa, generalmente negativa, acerca de aquello que se conoce poco o mal y que no se amolda a nuestras creencias.

Las acciones por la inclusión, constituyen un elemento de protección para evitar la discriminación hacia esos colectivos segregados.

El problema no es la falta de legislación en materia de derechos de inclusión, que se ven reflejados a lo largo de nuestro ordenamiento jurídico, sino más bien, radica en la falta de cumplimiento, aplicación y materialización que redunde en beneficios de las cosas cotidianas.

Un ejemplo sencillo es el incumplimiento de leyes y ordenanzas que obligan a incluir en espacios públicos, rampas de acceso para sillas de ruedas; como otro, incluir sillas para personas obesas en bares, restaurante, cines, teatros, etc.

Sabemos que las normas de inclusión y protección de los grupos minoritarios, fundados en criterios de discriminación positiva, tienen como objetivo regular las conductas de las personas para una mejor convivencia social, justa y equitativa, garantizando que puedan efectivamente ejercer sus derechos. Pero si este propósito no se hace operativo, estaremos ante una anomia jurídico-social.

En la búsqueda de una solución para salir de esa encrucijada, es que debemos plantearnos la necesidad de un cambio de paradigma, y este es, la construcción de una sociedad que nos contenga a todos.

Un caso concreto donde se pudo percibir un cambio de hábito, se dio con la implementación de la Ley Nacional N° 26.687 de Control de Tabaco que prohíbe fumar en lugares de trabajo, y en cualquier espacio cerrado destinado al acceso de público, en forma libre o restringida, paga o gratuita. Las personas que fuman tomaron conciencia del daño real ocasionado a los fumadores pasivos, que están sometidos a los efectos nocivos del tabaco por aspirar el humo de aquellos que fuman en su entorno.

Para que este tipo de cambios en los hábitos se produzcan, es necesario ser conscientes del impacto negativo que provoca el estigmatizar a aquellas personas o grupos de personas con palabras peyorativas, hechos o conductas, aunque resulten involuntarias. Esto se logra progresivamente, modificando esas situaciones, al conocer y respetar las diferencias existentes.

Aunque las leyes deberían cumplirse desde el momento de su promulgación, es necesario que velemos y breguemos por el cumplimiento, exigiendo, denunciando y controlando.

Es oportuno recordar que el Instituto Nacional contra la Discriminación, Xenofobia y el Racismo (INADI), es el Organismo específico para realizar las denuncias y en nuestra provincia tiene su sede en la calle Catamarca N° 64, Resistencia. Sitio web http://www.inadi.gob.ar.

Según datos del INADI, publicados en el sitio web del diario La Nación -www.lanacion.com.ar-, de fecha 29/09/2017, los ámbitos en donde se producen más hechos discriminatorios, xenófobos y racistas son en el trabajo (mobbing), en el entorno educativo (bullying) y en la administración pública, concentrando el 50% del total de denuncias registradas.

Son recurrentes estos hechos, podría citar un sin número de casos donde existe discriminación a personas o grupos de personas, sea por su estado de salud, orientación sexual, identidad de género, religión, raza, etnia, y de otra índole, todas ellas con el mismo desenlace: la exclusión.

Muchas veces la falta de conocimiento, el temor de lo desconocido, el no tomar conciencia real de las consecuencias de nuestros actos, nos conduce al prejuicio, a la discriminación y a la exclusión.

Posiblemente el colectivo trans y travestis sea uno de los sectores más segregados y excluidos de la sociedad, al punto tal que, según datos del INDEC, el promedio de vida de estas personas es de 36 años, encontrándose un alto porcentaje de las mujeres trans y travestis en situación de prostitución, ya que la inserción al campo laboral les es adverso.

Estas estadísticas no hacen más que confirmar que sólo la producción de leyes no resuelve ésta y otras problemáticas que repercuten e impactan en la autoestima, en la calidad de vida de las personas víctimas de hechos discriminatorios, xenófobos y racistas. Es un proceso largo de cambio y evolución que en algunos casos debemos perfeccionar y otros iniciar.

Debemos continuar impulsando una transformación cultural, reconociendo que somos parte de una sociedad con diversidad sexual, étnica, religiosa, de clase, etc., para obtener una mayor equidad, es decir, alcanzar un trato igualitario para todos, teniendo en cuenta las diferencias, conociendo y respetando cada una de ellas. Sólo así los grupos y colectivos minoritarios pueden participar de manera plena en la vida social, y gozar de un nivel de vida adecuado y digno.

Veo una luz al final del túnel, toda vez que apliquemos políticas activas que apunten a cambios culturales y que estas puedan darse en el mediano y largo plazo,  interpelando a todos a aportar. Nuestra dirigencia debe seguir el curso progresivo de estos temas incluyéndolos en las agendas institucionales de gobierno y de la sociedad toda como prioritarias.

Concluyo con una reflexión: si pretendemos ser respetados, debemos primero respetar a los demás, si queremos lograr un cambio cultural, tenemos que empezar por uno mismo, reconociendo, entendiendo y aceptando nuestras diferencias, para que en el mediano y largo plazo construyamos entre todos una sociedad más equitativa e inclusiva.

*Artículo elaborado con la colaboración de César Marcelo F. Molinas Zamudio, Abogado y Escribano Público Provincial.

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