Hace casi 18 años, el 23 de julio de 2008, Marilyn ingresó a una clínica privada con la expectativa de una intervención estética de rutina. Lo que debía ser un procedimiento de bajo riesgo se convirtió en una tragedia: un paro cardiorrespiratorio durante la cirugía le provocó un daño neurológico irreversible que la dejó en estado vegetativo.
Desde entonces, su vida —y la de sus seres queridos— cambió para siempre.
Durante todos estos años, Marilyn no estuvo sola. Su familia la cuidó, la acompañó y sostuvo una lucha silenciosa y constante, no solo por su salud, sino también por justicia. Cada día fue una muestra de amor, de presencia, de no soltarle la mano nunca.
Su caso conmovió a todo el país y trascendió lo médico: se convirtió en símbolo de una deuda pendiente. Denuncias por irregularidades, falta de controles y una causa judicial que nunca llegó a juicio dejaron una herida abierta que hoy sigue doliendo.
Pero Marilyn fue mucho más que ese episodio.
Fue una mujer comprometida, una dirigente con vocación, que había construido un camino en la política como concejal y presidenta del Concejo Deliberante. Tenía carácter, empuje y una cercanía con la gente que quienes la conocieron recuerdan con cariño.
En estos últimos días, su estado de salud se había agravado. Finalmente, su cuerpo dijo basta.
Hoy queda el recuerdo de su sonrisa, de su energía, de la mujer que muchos describen como fuerte y apasionada por lo social. Y también queda el abrazo pendiente de una sociedad que la vio resistir durante casi dos décadas.
Su partida cierra una etapa, pero no la historia.
Porque Marilyn Carballeira no solo será recordada por lo que le pasó, sino por todo lo que representó: la lucha de una familia, la fragilidad de un sistema y la necesidad de que, alguna vez, hayan respuestas.


