Opinión

“LA ÉTICA DEL RETROVISOR: HUIR NO ES UN ERROR, ES UNA ELECCIÓN” Por Karina Winckler *

 En las calles de nuestro Chaco, el siniestro vial se ha vuelto una moneda corriente, un paisaje cotidiano de hierros retorcidos y sirenas. Sin embargo, hay un fenómeno que trasciende la impericia al volante: el desprecio absoluto por la vida que se manifiesta en la fuga.

 Cuando un conductor decide apretar el acelerador tras haber embestido a otra persona, está cometiendo dos crímenes. El primero es el siniestro en sí; el segundo es un asesinato moral. Huir de un siniestro no es un acto de miedo instintivo, es la manifestación máxima de una sociedad que ha comenzado a ver al prójimo como un estorbo.

 ¿En qué momento perdimos la capacidad de bajarnos y socorrer? En las rutas y avenidas

chaqueñas, parece haber calado una lógica perversa: la vida del que yace en el asfalto vale menos que los minutos de libertad o los trámites del seguro de quien provocó el daño. Esta indiferencia no es azarosa; es el síntoma de una deshumanización que nos está costando demasiado caro.

 No podemos seguir llamando “accidentes” a situaciones donde el factor humano decide, deliberadamente, abandonar a alguien a su suerte. La justicia debe ser implacable, sí, pero nosotros, como ciudadanos, debemos empezar a señalar la cobardía con la misma fuerza con la que pedimos mejores rutas. Porque el asfalto se puede arreglar, pero la integridad de un pueblo que mira por el retrovisor y sigue de largo, es mucho más difícil de reconstruir.

La huida como sentencia: El desprecio por la vida en nuestras calles  Cuando un siniestro vial ocurre, hay un instante de quiebre donde la responsabilidad se pone a prueba. Sin embargo, estamos presenciando con una frecuencia aterradora la decisión consciente de huir. No es el miedo lo que mueve esos motores en fuga; es el desprecio absoluto por la vida del otro. Es la convicción de que el anonimato vale más que la posibilidad de salvar a alguien que yace herido.  Ese desprecio lo conocemos “desde adentro” a través del dolor de madres y familias que acompañamos en esto que no eligieron, pero que les tocó atravesar. Quiero evitar dar nombres por respeto a ese dolor de cada familia, sin embargo, el no decirlos, no invalida que detrás de cada huida, hay una familia. Familias con nombres y apellidos, doblemente siniestradas.

 ¿Qué pasa por la cabeza de quien ve a una persona desvanecerse por el espejo retrovisor y decide que su libertad jurídica es prioritaria?

 El hecho reciente en la 9 de Julio repite el patrón. Un joven de 25 años con toda una vida por delante, una familia destrozada y un conductor prófugo que, aunque luego sea identificado por las cámaras, ya dejó una marca imborrable: la del abandono. Socorrer no es una opción legal, es un deber ético. Dejar a alguien morir en la soledad de una avenida es, en términos morales, un segundo crimen.

 Como ciudadanos que transitamos esta provincia, no podemos naturalizar que “escapar” sea una maniobra más. La educación vial que tanto pregonamos no sirve de nada si no logramos erradicar esta cultura de la indiferencia. Un siniestro puede ser un error, una fatalidad o una negligencia, pero la fuga es siempre una elección.

 Nuestras calles no necesitan solo más semáforos o controles; necesitan conductores que reconozcan en el otro a un semejante. Porque cada vez que alguien huye de un siniestro, no solo escapa de la policía: está escapando de su propia condición humana, dejando atrás un vacío que ninguna sentencia podrá llenar del todo.

 ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo si nuestra primera reacción ante el dolor ajeno es poner primera y acelerar?

La ciudad que olvida rápido va dando paso al huir  Lo viví en carne propia una madrugada, yendo a trabajar. El escenario era el de siempre: cintas perimetrales, luces azules que cortaban la oscuridad y la silueta de una moto destrozada. Allí, sobre el asfalto frío, había quedado la vida de un hombre que, según supe después, regresaba del cumpleaños de su hija. En ese instante, el tiempo se detuvo; el peso de esa nueva vida truncada era asfixiante.

 Sin embargo, lo que más me impactó no fue solo el siniestro en sí, sino lo que encontré apenas unas horas después. Al regresar de mi jornada laboral y volver a pasar por el mismo punto, ya no quedaba nada. El asfalto estaba limpio, el tránsito fluía con su prepotencia habitual y los peatones cruzaban por el mismo lugar donde poco antes un padre de familia había muerto.

 Esa limpieza eficiente es el síntoma más cruel de nuestra naturalización. La ciudad tiene prisa por borrar las huellas del horror para que nadie se sienta incómodo, para que podamos seguir acelerando sin recordatorios de nuestra propia fragilidad.

 En Chaco, hemos perfeccionado el arte de barrer la muerte bajo la alfombra del pavimento. Si el entorno vuelve a la “normalidad” tan rápido, ¿Cómo no va a sentirse tentado un conductor a huir, si sabe que para el sistema y para la calle, una persona muerta en el tránsito es solo una demora técnica de un par de horas.

La naturalización del horror. La diferencia entre el “siniestro” y la “elección”

 La impericia al volante, un frenado tardío, un cálculo erróneo en un sobrepaso-reitero- es una falla técnica del conductor. Sin embargo, la fuga tras el impacto es una falla del alma. Mientras el siniestro puede ser involuntario, el escape es una decisión ejecutada con total lucidez en milésimas de segundo.

Al poner primera y acelerar frente a un cuerpo herido, el conductor deja de ser alguien que cometió un error para convertirse en alguien que decide que su impunidad vale más que la supervivencia del otro.

 Chaco enfrenta una saturación visual de siniestros que genera una peligrosa anestesia social.  Hablar de moneda corriente es denunciar la anestesia social que nos rodea. Nos hemos acostumbrado a que las sirenas sean el ruido de fondo de nuestras tardes en la ciudad que estemos.

Ese paisaje del auto retorcido, esa moto destrozada junto a sus ocupantes tirados, ya no nos detiene; lo rodeamos con el auto y seguimos camino. La noticia con la foto que alimenta el morbo, es parte del siniestro o los siniestros del día. Es ya solo mirar quién murió hoy. Esta naturalización del siniestro es el caldo de cultivo para el desprecio por la vida: si la tragedia es normal, el auxilio deja de ser urgente y la huida empieza a verse, cínicamente, como una opción de supervivencia personal.

La deshumanización del “Otro” en el asfalto  La fuga es el síntoma máximo de ver al prójimo como un objeto.

 El desprecio que se manifiesta en la fuga es, en última instancia, un proceso de deshumanización. Para el que huye, la víctima deja de ser un padre, una hija o un joven con futuro para convertirse en un obstáculo que amenaza su estatus legal. En ese retrovisor que se aleja, no queda una persona, queda una evidencia de la cual hay que deshacerse. Es la degradación máxima de la convivencia urbana: el otro ya no es un semejante, es una complicación que se resuelve acelerando.

Esa otra huida. La huida con presencia: El cinismo del silencio  Pero el desprecio por la vida en Chaco tiene una cara aún más perversa: la de aquellos que, aunque no aceleraron para escapar físicamente del lugar, deciden huir desde la palabra, desde otras acciones.

Quedarse junto al vehículo tras el siniestro no siempre es un acto de responsabilidad; para muchos, es solo el inicio de una estrategia de ocultamiento.

 Esa actitud de silencio, mentiras, complicidades y estrategias legales para dilatar la verdad es, en la práctica, una forma de seguir huyendo mientras se está presente.

 Huir es también entorpecer las pericias, mentir en las declaraciones, aliarse de cómplices que aceptan ser parte de la mentira por ante la vida de un ser humano, esos cómplices también, de alguna manera, mataron en ese siniestro vial sobre el cual también eligen mentir. Buscar un conocido que no duda en “arreglar” callando también lo que observa, y a veces ni siquiera es por dinero a cambio o por lealtad a una amistad o parentesco, es por esa moral más retorcida que los hierros del vehículo que le entregan. Huir también es refugiarse en un silencio absoluto que condena a las familias a una segunda victimización: la de la incertidumbre.

Cuando un responsable elude su verdad, cuando busca recovecos legales para no contar qué pasó realmente está ejerciendo una forma de violencia institucional.

 Para las familias, el desprecio se siente en ese no hablar. No dar información es una extensión del abandono a la persona que siniestraron. Es decidir, fríamente, que el bienestar jurídico propio es más valioso que el derecho de una madre, de un padre, de hermanos, a saber, cómo fueron los últimos minutos de su ser amado Esa falta de colaboración con la justicia no es estrategia de defensa, es la manifestación de una sociedad que ha perdido el norte ético.

 La desobediencia no fue solo judicial, fue también desobedecer a todo eso que podría dar indicios de un poco de respeto y valoración por otro ser humano.

 A esa destrucción física de la prueba se le suma el muro del silencio. No es solo la chatarra que desaparece; es la palabra que se niega. El elegir el hermetismo como una extensión de la compactadora: si no hay auto y no hay relato, para el cinismo judicial, parece no haber crimen. Esta “fuga” de la responsabilidad, que viaja de una provincia a otra, confirma que el abandonar a una persona es hoy una estrategia calculada, donde el silencio del implicado y la negligencia del sistema se dan la mano para asfixiar el pedido de justicia de una familia.

 Si la huida física es un acto de cobardía y el silencio judicial es un acto de cinismo, la destrucción de la prueba es la culminación del desprecio por la vida. Lo ocurrido con el caso de Germán es una herida abierta en la credibilidad de nuestro sistema. No es un error administrativo. Es un acto de desaparición de la verdad.

 Compactar un vehículo que lleva las marcas de un impacto es, simbólicamente, compactar el derecho a la justicia de una familia. Es decirnos a los deudos que ese rastro de metal, que podría contar qué pasó realmente, no tiene importancia frente a la celeridad de un trámite de entrega. Parece que no solo huyen los conductores; a veces, también huye la evidencia bajo el amparo de una burocracia que mira para otro lado.

 No podemos permitir que el silencio sea un refugio legal. Como sociedad, debemos decidir si vamos a seguir acelerando o si, de una vez por todas, vamos a detenernos ante el dolor del prójimo.

A quienes deben decidir

 Por todo esto, este artículo no es solo una reflexión, es un reclamo urgente a los Poderes Judicial y Legislativo:

 A los Jueces: Dejen de considerar la fuga o el ocultamiento de pruebas como un “atenuante” por el estado de shock. El silencio no puede ser una estrategia válida de defensa cuando hay una vida truncada. La justicia que llega tarde o que permite la destrucción de evidencias, es justicia cómplice.

 A los Legisladores: Necesitamos marcos legales que entiendan que el abandono, la huida y la obstrucción de la verdad son agravantes directos del desprecio por la vida. No podemos permitir que sea más “negocio” legal huir que quedarse a socorrer.

 A la Sociedad: No podemos ser una provincia de calles limpias, pero de conciencias rotas. Cada vez que naturalizamos un “choque y fuga”, estamos aceptando que nuestra propia vida es descartable.

 La seguridad vial no es solo saber señales de tránsito; es recuperar el contrato básico de humanidad.

 Mientras sigamos permitiendo que se huya y se callen verdades, el Chaco seguirá sangrando por sus rutas. Es hora de que el Estado sea tan rápido para hallar la verdad como lo es la calle para olvidar a sus muertos.

 La justicia podrá determinar penas, pero no puede devolver la humanidad que se pierde al elegir el silencio o la fuga. Mientras sigamos viendo al siniestro como un trámite a eludir y no como una tragedia que nos interpela, el Chaco seguirá siendo una provincia de calles limpias, pero de conciencias rotas.

Porque el abandono, empieza en el motor que acelera, pero se consolida en la boca que calla ante el dolor del otro.  Justicia es que no nos dé lo mismo”.

 *Miembro FICVI-Miembro Comité Consultivo-Agencia Nacional de Seguridad Vial Grupo 2-Técnicos y Empresarios en Seguridad Vial

Referente Ad Honorem Provincial Red Federal de Asistencia a Víctimas y Familiares de Víctimas de Siniestros Viales-Línea 149 opción 2-