Cuando Abel Pintos subió al escenario, a las 21:30, y su voz se mezcló con el murmullo multitudinario de miles de personas venidas de todo el Chaco, del Nordeste y de otras provincias, quedó claro que esta edición no terminaba con un show más: terminaba con una postal que la ciudad va a recordar durante mucho tiempo. Después de diez días de mármol tallado a cielo abierto, de artesanos premiados, de coros ancestrales y chamamé, la Bienal eligió cerrar su capítulo más ambicioso con la voz de uno de los artistas más queridos del país, cantando gratis para toda su gente.
Y en esa multitud cantando al unísono, en ese abrazo colectivo entre un artista, seis empresas locales que apostaron a hacerlo posible y una Fundación que lleva casi cuarenta años sosteniendo este sueño, se resume todo lo que la Bienal representa: arte que se hace entre todos, para todos.


