Hay colecciones de canciones que no nacen por una mera inquietud estilística ni por el impulso de rellenar una casilla en la industria, sino como la única tabla de salvación posible cuando el suelo cede bajo los pies. El álbum de debut de la compositora donostiarra Karen Ortiz de Guinea, titulado Después de todo, emerge precisamente de esa urgencia vital. Forjado en los pasajes más hondos del desamor y atravesado por el eco inconfundible de la pérdida, este trabajo se erige en un refugio íntimo y en una auténtica terapia personal donde la música deja de ser un oficio para convertirse en respuesta, bálsamo y equilibrio. Desde una propuesta de raíz orgánica que combina la canción de autor con un certero pulso rockero, la artista despliega al piano y al acordeón un territorio de honestidad desarmante.
Grabado y producido con mimo artesanal en los estudios Muir de San Sebastián bajo la batuta de Yon Vidaur, el volumen cuenta con aportaciones en la producción de algunos cortes firmados por Javier Vargas, ofreciendo un sonido directo y desnudo que abraza sin artificios la aspereza de lo real. El armazón instrumental de la obra se enriquece con la complicidad de nombres fundamentales de la escena musical, reuniendo la guitarra eléctrica del propio Javier Vargas, las texturas acústicas de Mikel Aguirre Urkizu, la precisión percusiva de Oriol Flores e Iñaki de Lucas, y el talento multiinstrumentista de Yon Vidaur. Un tejido coral que arropa con elegancia la veteranía de una creadora curtida a lo largo de los años junto a referentes indiscutibles como Revólver, Elliott Murphy, Amateur o la Vargas Blues Band.
A lo largo del repertorio, el disco transita por paisajes emocionales de singular calado. Composiciones como «Casa de muñecas» abordan la asfixia del desamor y la necesidad vital de arriesgarlo todo para renacer, mientras que piezas de marcado pulso confesional como «Narciso de plástico» o «Amigos» celebran la memoria, la lealtad inquebrantable hacia el círculo más íntimo y una fe incombustible en la condición humana. La obra también mira con nostalgia al paso del tiempo y a las huellas de una educación sentimental imborrable en cortes como «Eso me queda de ti», al tiempo que se adentra en la introspección y la búsqueda de serenidad a través de pasajes tan evocadores como «Un mundo ideal». Mención aparte merecen los momentos interpretados en euskera, donde la autora teje atmósferas de profunda raigambre local en «Gau ilunetan» y en el rotundo alegato de identidad y luz propia que representa «Nire distira ez duzu itzalduko».
Con este trabajo esculpido desde las entrañas, Karen Ortiz de Guinea consolida una trayectoria definida por la autenticidad y una pluma de profundidad inusual, demostrando que, cuando se canta sin red de protección, la música sigue siendo el único espacio donde siempre es posible regresar a casa.


